Claves de manejo: a mayor densidad, mayor respuesta a la fertilización

En Rosario, la investigadora del INTA Claudia Vega hizo foco en algunos factores que potencian el rendimiento y la mejora genética del maíz tardío.

Claves de manejo: a mayor densidad, mayor respuesta a la fertilización

La siembra de maíz en fechas tardías es uno de los fenómenos que están potenciando la producción agrícola argentina. Por eso no llama la atención que los especialistas en el cultivo alineen sus esfuerzos para descubrir las variables que hacen al éxito en esos esquemas. De eso se trata el Congreso de Maíz Tardío que está teniendo en Rosario su tercera edición. Allí, basándose en ensayos realizados en lotes del centro de Córdoba, la investigadora del INTA Claudia Vega hizo foco en algunos factores que potencian el rendimiento y la mejora genética del maíz tardío.

Para empezar, explicó que la etapa de llenado de granos de los maíces tardíos suele darse en esa región con una calidad ambiental que podría ser considerada pobre, pero que teniendo en cuenta algunas interacciones en el manejo es posible pensar en rendimientos altos, muy cercanos a los potenciales, que en el 50 por ciento de los años deberían alcanzar las 15 toneladas.

Luego, Vega se centró en cuestiones fisiológicas del cultivo tardío. Destacó que en los ensayos el maíz tardío mostró respuesta nula a la fertilización cuando se sembró en bajas densidades, pero que cuando aumentó la competencia intraespecífica la respuesta a la fertilización con nitrógeno aumentó un 30 por ciento.
 
“A veces no se fertiliza porque el productor no ve respuesta, pero es porque no se acompaña con manejos adecuados”, destacó la especialista. Y agregó: “Los híbridos difieren en las estrategias de rendimiento pero aquellos que alcanzan mayores rindes son los que fijan mayor cantidad de granos por metro cuadrado”. Además explicó que la fijación de nitrógeno en el inicio del cultivo apuntala el rendimiento final por potenciar el llenado de granos. “El número de granos es el factor que explica el rendimiento. El agregado de nitrógeno, a su vez, permite potenciar los rindes con un aumento en el peso de los granos”, remarcó. 

La densidad óptima depende del genotipo pero, según explicó, varía entre 8 y 12 plantas por metro cuadrado. “Se vio una respuesta positiva de un 13 por ciento al aumento de la densidad, sobre todo con el uso de los genotipos más modernos”, dijo Vega, quien también destacó el efecto positivo del uso de una gramínea de cobertura como antecesora del maíz, la cual permitió capitalizar mejor el agua y los nutrientes disponibles, y afirmó que la mayor densidad también aporta como resultado una mayor ganancia genética. “Observamos tasas de progreso genético de 170 kilos por hectárea por año, más altas que las que se encuentran en fechas tempranas”, concluyó. 

Fuente: Clarin Rural

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