Riego por goteo enterrado: qué encontró el INTA en el suelo después de 12 años
Un estudio del INTA Manfredi evaluó durante 12 años los efectos del riego por goteo enterrado sobre las propiedades químicas del suelo y detectó una mayor concentración de sales y sodio en comparación con lotes de secano. Aunque no se registraron pérdidas productivas en trigo, soja y maíz, los investigadores advierten sobre la importancia de monitorear el perfil para evitar problemas futuros de salinidad y permeabilidad.
El riego por goteo enterrado puede modificar las propiedades químicas del suelo incluso cuando no se observan consecuencias inmediatas sobre los rindes. Esa es una de las principales conclusiones de un estudio del INTA Manfredi, en Córdoba, que evaluó los efectos de esta tecnología después de 12 años de utilización en sistemas agrícolas extensivos.
La investigación analizó la salinidad, la sodicidad y el pH del suelo hasta los dos metros de profundidad, y comparó los resultados de distintas configuraciones de riego con un sector de secano que mantenía la misma rotación de cultivos.
El trabajo constituye un primer aporte nacional para comprender los efectos de largo plazo del goteo enterrado en la agricultura extensiva argentina, una tecnología que hasta hace algunos años tenía mayor presencia en cultivos intensivos y regiones áridas.
Carolina Álvarez, responsable del Laboratorio de Suelos y Aguas del INTA Manfredi, presentó los resultados durante la 9.ª Reunión Internacional de Riego realizada en la experimental.
La especialista explicó que el objetivo fue evaluar cómo evolucionan las condiciones químicas del suelo bajo este sistema, considerando que el agua utilizada en los ensayos proviene de fuentes subterráneas y contiene sales y sodio en concentraciones que requieren seguimiento.
Más sales en el suelo: los valores llegaron a ser 2,4 veces superiores
Uno de los principales hallazgos fue la mayor concentración de sales solubles en las parcelas bajo riego respecto del sector de secano.
La conductividad eléctrica, indicador utilizado para medir la salinidad, presentó valores superiores en todo el perfil analizado, aunque las diferencias más importantes aparecieron por debajo de los 40 centímetros.
En los primeros 20 centímetros del suelo, la conductividad eléctrica fue casi el doble de la registrada en el sector sin riego. Entre los 40 centímetros y los dos metros de profundidad, los valores promedio fueron 2,4 veces superiores.
Mientras que en el lote de secano los registros se ubicaron entre 0,5 y 0,8 dS/m, en las parcelas regadas se alcanzaron valores de hasta 1,8 dS/m en profundidad.
Uno de los resultados que más llamó la atención de los investigadores fue la presencia de sales en los primeros centímetros del suelo, a pesar de que el agua se distribuye mediante mangueras enterradas.
“Esperábamos que las sales no ascendieran hacia la superficie, pero comprobamos que sí lo hicieron por capilaridad, debido a la evaporación del agua del suelo”, explicó Álvarez.
El comportamiento demuestra que las sales pueden desplazarse tanto hacia las capas superficiales como hacia sectores más profundos del perfil, dependiendo de las condiciones del ambiente y del manejo del sistema.
El sodio también aumentó y advierten sobre posibles problemas de permeabilidad
Otro de los parámetros evaluados fue el porcentaje de sodio intercambiable, un indicador que permite identificar riesgos de deterioro de la estructura del suelo.
En el sector de secano se registraron valores cercanos al 3-4%, mientras que en las parcelas bajo riego los niveles alcanzaron entre el 6% y el 13% por debajo de los 40 centímetros de profundidad.
El mayor registro correspondió a la configuración con laterales separados a 0,8 metros y emisores de 0,6 litros por hora. En las parcelas con mayor distancia entre laterales, los valores fueron menores.
Si bien los niveles no alcanzaron el umbral convencional del 15% utilizado para clasificar un suelo como sódico, los especialistas advierten que pueden aparecer alteraciones físicas con concentraciones inferiores.
“Según la bibliografía, con valores de entre 8 y 10% de sodio intercambiable podrían aparecer problemas de dispersión de los coloides y, como consecuencia, de permeabilidad del suelo”, señaló Álvarez.
Por eso, el seguimiento de estos indicadores resulta fundamental para detectar posibles cambios en la estructura del suelo y anticipar medidas de manejo.
Sin pérdidas de rendimiento en trigo, soja y maíz
A pesar de los cambios químicos identificados, el estudio no encontró disminuciones productivas en los cultivos evaluados.
Los promedios de producción de trigo, soja y maíz fueron elevados y acordes con los resultados esperados para un sistema de riego bien manejado.
Sin embargo, desde el INTA advirtieron que la ausencia de pérdidas actuales no significa que los cambios detectados puedan dejarse de lado.
“Si no monitoreamos estos cambios y su evolución, en el futuro podríamos tener mermas de producción”, sostuvo la investigadora.
El muestreo se realizó antes del inicio de la campaña 2025/26, luego de tres años con precipitaciones inferiores a los promedios históricos de la región. Esta situación podría haber limitado el lavado natural de sales que ocurre durante los períodos de mayores lluvias y contribuido a los valores encontrados.
Como se trata de la primera evaluación desde la instalación del sistema, todavía no es posible establecer una tendencia definitiva sobre la evolución de las propiedades químicas del suelo.
Qué recomiendan para evitar problemas de salinidad en los lotes bajo riego
A partir de los resultados, los investigadores destacan la necesidad de incorporar controles periódicos de las propiedades químicas del suelo dentro de las decisiones de manejo del riego.
Entre los principales factores que deben evaluarse se encuentran:
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Calidad del agua: conocer las concentraciones de sales y sodio del recurso utilizado.
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Monitoreo del perfil: realizar muestreos a distintas profundidades para determinar hasta dónde llegan las sales.
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Precipitaciones: considerar su aporte potencial al lavado natural de sales.
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Láminas de riego: evaluar la cantidad de agua aplicada y su relación con las características del suelo.
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Enmiendas: analizar alternativas de corrección cuando las condiciones particulares del establecimiento lo requieran.
Una de las posibilidades consiste en aprovechar períodos de mayores precipitaciones para favorecer el lavado de sales, especialmente durante etapas de menor demanda hídrica de los cultivos.
Sin embargo, Álvarez aclaró que las lluvias por sí solas no garantizan la corrección del problema: “No se corrige solo con las lluvias. Depende del ambiente, de la calidad del agua con la que se riega y de la cantidad de milímetros que se apliquen”.
Cuando el lavado natural no resulta suficiente, pueden evaluarse alternativas como la aplicación de enmiendas, siempre con asesoramiento profesional y un diagnóstico previo de las condiciones de cada campo.
La recomendación central es establecer una estrategia de monitoreo periódico, con una grilla de muestreo y criterios consistentes que permitan comparar los resultados a lo largo del tiempo.
El estudio del INTA Manfredi deja una advertencia importante para los sistemas agrícolas bajo riego: además de medir los rindes y la eficiencia en el uso del agua, es necesario conocer qué sucede dentro del perfil del suelo. Detectar a tiempo los cambios en la salinidad y el sodio puede resultar determinante para sostener la productividad y la sustentabilidad del sistema en el largo plazo.
Fuente: Prensa INTA
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