UNA TREGUA CON EL CAMPO PARA DAR OTRA BATALLA.

El análisis - Por Joaquín Morales Solá.

Julián Domínguez recibió el encargo de apagar un viejo fuego, porque los Kirchner han decidido emplearse en un incendio nuevo. El flamante ministro de Agricultura y Ganadería pidió poder para resolver el conflicto de un año y medio con el sector rural. El matrimonio presidencial se lo dio en principio, porque adujo que el Gobierno tendrá que enfrentar una larga batalla con la "corporación mediática", como los Kirchner llaman a los medios periodísticos. Eso sí: la solución del problema rural deberá tener un ritmo lento ("ir de a poco", dijeron), porque tampoco quieren dejar en el camino ninguna de sus antiguas y corroídas banderas.
 
La primera novedad que plantea esa instrucción es la decisión política de continuar con la ofensiva contra el periodismo. Versiones que no han sido confirmadas indican que el Gobierno iría, luego de lograda la nueva ley de medios audiovisuales, por otra de propiedades de medios periodísticos. Sólo se sabe que un rumor en tal sentido se propagó profusamente en ámbitos oficiales y legislativos, pero no hubo ninguna confirmación para nadie por parte de los que mandan.
 
No obstante, puede ser que los Kirchner se estén acostumbrando mal. ¿Acaso no fue un síntoma de lo que ellos quieren de los medios que para la televisión pública haya sido más importante la asistencia del matrimonio presidencial al velatorio de Mercedes Sosa que la propia muerte de una artista enorme? Es lo que sucedió el domingo, cuando hasta los partidos de fútbol fueron demorados para mostrar las imágenes de los Kirchner en el Congreso.
 
La segunda novedad conlleva el necesario interrogante sobre la suerte que podría tener esta nueva etapa del conflicto con los ruralistas. Domínguez es un político acostumbrado a escribir más con la prosa que con el verso: ha sido intendente, ministro bonaerense y es hijo político de Eduardo Duhalde y de José Pampuro. Quizás no sea un técnico en asuntos agropecuarios, pero ese problema tiene un primer escollo que es más político que técnico o económico. Un hombre rencoroso está encerrado en Olivos, desde el 18 de julio del año pasado, esperando que los campesinos se rindan ante él. Ellos fueron los autores de la primera derrota política del ex presidente, que precedió al fracaso electoral del 28 de junio pasado.
 
El silencio, la distancia y la indiferencia son la materia de la que está hecho el obstáculo político. Ni siquiera la dramática sequía, que destruyó bienes y animales en el interior rural como pocas veces en la historia, logró ablandar el duro espíritu de los Kirchner. Es probable que el actual combate con los medios periodísticos haya eclipsado el viejo resentimiento, pero la historia no sirve para preservar la confianza.
 
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La cima más alta del conflicto rural se alcanzó desde la firma de la resolución 125, el 11 de marzo de 2008. Esa resolución, firmada por el ex ministro Martín Lousteau, fue la consecuencia de una posición más dura aún del todopoderoso secretario de Comercio, Guillermo Moreno. Por izquierda o por derecha, lo cierto es que Moreno controló ese conflicto desde el comienzo hasta ahora. Sería injusto, sin embargo, culpar sólo a Moreno, por más que haya hecho todo lo que hizo con especial deleite. Moreno fue siempre sólo el soldado más confiable de Néstor Kirchner.
 
Moreno rompió acuerdos con los dirigentes rurales que ya había firmado el entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, cuando todavía era un hombre de la extrema confianza del matrimonio presidencial. Moreno frenó una larga negociación en marcha entre el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Luis Biolcati, y el ministro de Planificación, Julio De Vido, que sigue siendo el principal operador kirchnerista para cuestiones financieras o políticamente sensibles. Kirchner y Moreno desautorizaron también otra negociación que habían emprendido el propio De Vido y Hugo Moyano con los cuatro líderes de la Comisión de Enlace.
 
Más cerca en el tiempo, Moreno desarticuló cualquier iniciativa dialoguista de la ex ministra de la Producción Débora Giorgi hasta convertirla en una paciente observadora de los avatares de un conflicto que, en teoría, estaba bajo su responsabilidad. Hace poco apareció la designación de María del Carmen Alarcón, víctima de una conversión súbita al oficialismo, en las comarcas de Aníbal Fernández. Pero Julián Domínguez vació en el acto de contenido la misión de Alarcón, cuyo nombramiento fue considerado por los dirigentes rurales una provocación más que un mensaje de aproximación.
 
 
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Kirchner tiene un problema y consiste en la excesiva ideologización con que mira al ruralismo. En su imaginario, la industria debería ser el gran motor de la economía y el campo debería financiar el desarrollo industrial. Es una mirada que atrasa 50 años, por lo menos, porque ahora el campo y la industria se llevan muy bien. Más aún: la agroindustria es la actividad que mejores réditos le ha dado al país en los últimos años de prosperidad.
 
Ni los formidables progresos tecnológicos del campo argentino (el más avanzado del mundo, según muchas mediciones internacionales) ni la diversidad de productores han logrado torcer la dirección de la vieja ideología kirchnerista. La consecuencia comprobable de tantos despropósitos es que ahora Brasil cosecha anualmente 20 millones de toneladas de soja más que la Argentina y que Uruguay exporta más carne que el prestigioso campo argentino. Esas hazañas argentinas se consiguieron en el período de precios internacionales más ventajosos desde la Segunda Guerra, que corresponde a los años que le tocó gobernar a Kirchner.
 
Ahora el problema es político; su solución debería ser el deshielo de una relación marcada por la desconfianza y la crispación. Pero la economía hará su aparición en algún momento y será cuando los Kirchner deban reconocer que el sector rural sufre una insoportable presión tributaria. Un productor de soja le está entregando al Estado, entre retenciones e impuestos nacionales y provinciales, cerca del 75% de su renta. Será entonces cuando, tal vez, la ideología y la necesidad de capturar recursos les ganarán otra vez a la política y a la economía. El escepticismo tiene más argumentos que la expectativa.
 
Fuente: La Nación, FyO.

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